miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un capítulo taurino: La romántica muerte del capitán Mala Sombra. ¿Realidad o ficción literaria?

El 7 de abril de 1823 un ejército francés, conocido como los Cien mil hijos de San Luis, entra en la península y sin apenas encontrar resistencia popular conquistó fácilmente el territorio español, acabando con casi de un plumazo con el Trienio Liberal. Tan solo el guerrillero Juan Martín, el Empecinado, liberal hasta la médula, mostró una resistencia creíble contra la nueva invasión francesa en beneficio de Fernando VII, pero su empeño chocó contra el ya imparable afianzamiento absolutista, fracasando en sus intentos por mantener el régimen liberal en Palencia o Valladolid o en las incursiones que hizo sobre Zamora. Tuvo que retroceder ante el avance francés y la consolidación realista, regresando a un territorio que conocía y en el que se había desenvuelto con éxito en la Guerra de la Independencia. Se trataba de Ciudad Rodrigo y sus alrededores, adonde llega en compañía del conocido y activo conspirador madrileño, de origen vasco, Eugenio de Aviraneta[1], su lugarteniente.

En la localidad mirobrigense, en el castillo de Enrique II, establece El Empecinado su cuartel general. Desde allí hace numerosas incursiones con sus tropas por las provincias limítrofes intentando que no se consolidasen los elementos realistas, especialmente por Extremadura, donde distintas poblaciones se habían rebelado contra los gobiernos locales de signo liberal, sobre todo tras llegar noticias de la entrada en Madrid, el 23 de mayo, de las tropas que apoyaban la restauración absolutista. A finales de ese mes, El Empecinado emprende camino hacia Coria, en donde la sublevación había logrado desarmar a las milicias nacionales al tiempo que proclamaban al rey absoluto. No pudo hacer nada ante la inminente llegada del Cura Merino[2] que venía apoyado por unos generales franceses. Abandonada su pretensión, el 12 de junio Juan Martín decide regresar a su cuartel general, a Ciudad Rodrigo.

Ilustración de la trágica cogida del capitán Mala Sombra
De su estancia en la localidad mirobrigense, Pío Baroja[3] dedica varios capítulos de la séptima entrega de Memorias de un hombre de acción a un episodio supuestamente ocurrido en la Plaza de la Constitución mirobrigense en el mes de abril de 1823[4]. Con un pie en la historia y otro en la leyenda, Baroja, a través de Eugenio de Aviraneta, relata el trágico desenlace de un amor escondido que tuvo como protagonista a un tal capitán Porras, conocido bajo el apodo de Mala Sombra, quien murió de una cornada en el pecho en una corrida celebrada en el coso mirobrigense mientras miraba cómo su amada flirteaba en un balcón de la plaza con uno de sus mejores amigos.
El Empecinado había logrado requisar cientos de reses en los partidos de Alba de Tormes –allí se había enfrentado a las tropas realistas- y Vitigudino y, camino de regreso a Ciudad Rodrigo, en Tamames y otras localidades a la redonda. Conducido el ganado a la plaza de armas mirobrigense, a un oficial se le ocurrió la idea de celebrar con una corrida de toros el éxito alcanzado en la acción de Alba de Tormes. Se lo plantea al general Juan Martín, ya que entre las reses había “toros bravos de tierra de Portillo y Salamanca[5]”, para lo que de antemano contaban con el permiso del alcalde y del gobernador.
El Empecinado era “enemigo acérrimo de los toros[6]” y, siguiendo su parecer, no autoriza el festejo taurino. Su negativa transciende y moviliza a la tropa y la ciudadanía, quienes determinan crear una comisión que se entrevistase con el general para intentar convencerle. No lo consiguen en un principio, anclado El Empecinado en sus convicciones. “Quedaron tan mustios y cariacontecidos que don Juan Martín, mal de su grado, tuvo que acceder”[7], relata Aviraneta en la novela barojiana.
Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen
“En los días siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construir gradas dentro de los soportales de la Casa del Consistorio. Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida se rifaron los sitios entre las familias que mandaron construir los tendidos por su cuenta. Había en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan López (el Ochavito), primer espada de alguna nombradía que había toreado en su juventud con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro García, el Buñolero. Se organizó una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y monosabios. Las señoritas de la ciudad hicieron moñas vistosas con cintas de sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles rizados. El domingo, por la mañana, sería la corrida. Habían enarenado la plaza y señalado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro toros que se iban a torear, los dos últimos serían de muerte”[8].
Se sabría más tarde que uno de los novillos, un utrero, sería estoqueado por el teniente Gotor, quien galanteaba a la misma muchacha que Mala Sombra, Conchita Aguilafuente, que contaba con 17 años de edad. En un ataque romántico, el capitán Porras anuncia su intención de mancornar al toro de cuatro hierbas que iba a torear El Ochavito. La noticia corrió como la pólvora. Era el comentario de referencia, el tema de todas las conversaciones: un sentimental y esforzado paladín enamorado intentando ganarse los favores de su pretendida dama.
Se acercaba el domingo y los preparativos iban culminándose. En la mañana dominical señalada, después de oír misa, los tablados y los balcones fueron llenándose. Aldeanos de toda la socampana no quisieron perderse el espectáculo. El programa aventuraba un entretenimiento mayúsculo, superior al que los mirobrigenses acostumbran con sus inveteradas corridas de novillos carnavalescas. Las habían celebrado por última vez del 9 al 11 de febrero y ahora, casi tres meses después, se había vuelto a cerrar la plaza para acoger otro festejo taurino.
Otra ilustración del relato barojiano
Comenzó la música y poco después la corrida. Transcurrió con emoción en virtud de los ayes del público. Apareció el cuatreño, el que correspondía a la pretendida demostración de valor de Mala Sombra. “El último toro era grande, negro, con una cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía frente a él. El público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se atrevían a acercarse al animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos lances el animal pareció cansarse, y en un momento que se paró el Buñolero le agarró de la cola. Entonces se vio a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito, acercándose al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas, cuadrándose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron inmóviles; el hombre empujó la cabeza del animal por las puntas, la bestia alzó el hocico, y entonces el hombre metió el hombro por debajo de la barba del animal, y de un empujón lo tumbó al suelo, le puso el pie en el hocico y lo sujetó así. Hubo una tempestad de aplausos[9]”.
En un balcón de la Plaza de la Constitución estaba la pretendida Conchita Aguilafuente, acompañada de su madre y de Emilio Pancalieri, un joven italiano, rubio, amigo y compañero de Mala Sombra. Estuvieron durante toda la corrida más que flirteando. Cuando el capitán Porras levantó la cabeza para ofrecer su gesta a su amada “¿qué vio? No sé. Quizá comprendió rápidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fue que el capitán soltó el pie, el toro se levantó de improviso, dio un topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitán y pasó por encima de él. Después se vio al capitán erguirse un momento echando sangre a borbotones por la boca, y luego caer desplomado[10]”.
Juan Martín, 'El Empecinado', por Francisco de Goya
¿Realidad o ficción literaria? Ambas, al menos así lo entiende la crítica[11] que ha estudiado la obra barojiana. Pero el romántico relato, la trágica muerte de Mala Sombra por un desaire amoroso es patrimonio de la creación literaria, de la ficción, aunque a la vista de la tradición taurina mirobrigense, ensalzada de alguna manera por Pío Baroja, no hubiera sorprendido un desenlace de esas características, una muerte sobrevenida propia del riesgo inherente al desarrollo de los festejos taurinos. De hecho, el relato barojiano es palmario al reflejar que la muerte no deja de formar parte, aunque inesperada, de la liturgia de las corridas de toros y que, una vez superado el momento, el festejo debe seguir, sin que ello suponga una indolencia, puesto que cuando la corrida haya acabado el recuerdo de la tragedia volverá, si cabe, con más intensidad entre quienes la presenciaron: “El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro, mientras dos alguaciles recogían el muerto. Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos… Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto. [...] La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El público fue despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los ojos…”[12]
Pío Baroja y Nessi
Ciudad Rodrigo por aquel tiempo, primavera y verano de 1823, se había convertido en la madriguera de los exaltados, el refugio de los liberales más acérrimos contrarios a la restauración del antiguo régimen, con la primera referencia de El Empecinado. Habían llegado elementos señeros de la revolución liberal desde distintos puntos del norte y oeste de España –caso del toledano Antonio Buch, presidente de la Diputación Provincial de Valladolid[13], o del comandante José de Porras Guerrero-, buscando el refugio y atrincheramiento necesarios para coordinar la lucha contra el contingente francés de los Cien mil hijos de San Luis, que iban ganando terreno sin prácticamente ninguna resistencia. Ciudad Rodrigo fue uno de los enclaves que supusieron un obstáculo en el avance de las tropas realistas y pese al bloqueo que determinó en septiembre Carlos O’Donnell, capitán general del ejército y provincia de Castilla la Vieja, la plaza de armas mirobrigense no fue entregada hasta el 7 de octubre, después de que Cádiz, la capital liberal de España, hubiera caído en poder de los absolutistas.
Ciudad Rodrigo arrió la bandera constitucional tras la firma de un convenio ajustado entre O’Donnell y el general José María Jalón, gobernador de la plaza de Ciudad Rodrigo, sellado en el convento de Nuestra Señora de la Caridad, en donde el ejército realista había establecido su campamento. El acuerdo[14] constaba de ocho puntos que establecían las condiciones de la rendición del que prácticamente fue considerado como el último enclave liberal. No obstante, el gobernador de Ciudad Rodrigo quiso ajustar el contenido de algún artículo, pero ya no se encontraba en condiciones de exigir nada[15].
El 11 de octubre, a la una de la tarde, O’Donnel entró en la plaza de Ciudad Rodrigo. Toda la milicia nacional había sido desarmada y se le había requisado los caballos antes de expedirle la oportuna documentación para derivar a los milicianos a sus lugares de origen, como también a una multitud de empleados y amigos del llamado sistema constitucional[16]. Hubo numerosas detenciones –también destierros- de elementos liberales exaltados, caso del “general Porras[17], uno de los corifeos de los más decididos constitucionales, así como Buch, el exjefe político de Valladolid, que era el cabeza de los más feroces y encarnizados revolucionarios[18].




[1] Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen nació en Madrid en 1792, capital en la que también fallecería en 1872. Fue un liberal de origen vasco que se fraguó como guerrillero contra las tropas napoleónicas. Masón convencido, no dudó en apoyar a la oposición liberal en el exilio durante las etapas absolutistas de Fernando VII. Durante el Trienio Liberal fue alcalde de Aranda de Duero (Burgos). Estuvo envuelto en casi todas las intrigas contra los moderados y, por supuesto, contra cualquier atisbo de vuelta al absolutismo durante el reinado de Isabel II.
[2] Jerónimo Merino Cob (Villoviado, Burgos 1769 - Alençon, Francia, 1844), conocido como «El Cura Merino», fue un sacerdote y guerrillero español. Siguió la carrera eclesiástica y tomó las órdenes, pasando a ser párroco de su pueblo natal. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) retomó la guerrilla, y se enroló durante la guerra realista en las partidas que marchaban apoyando la invasión de los «Cien mil hijos de San Luis» que acabaría con el gobierno liberal.
[3] BAROJA Y NESSI, Pío. Memorias de un hombre de acción (VII). Los contrastes de la vida. Ed. Caro Raggio, Madrid, 1977.
[4] Cfr. DOMÍNGUEZ CID, Tomás. “Un drama taurino y amoroso”, en Ciudad Rodrigo, Carnaval 2007, del 16 al 20 de febrero. Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, 2007, pp. 241-245.
[5] Ibídem, pág. 21.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem.
[9] Ibídem, pág. 24.
[10] Ibídem, pág. 25.
[11] CRIPPA, Francesca. La representación de la realidad y la ficción literaria en cuatro novelas breves de Pío Baroja.  En Lingue e Linguaggi, publicación periódica de la Università del Salento, 2013: “El primer elemento de ficción literaria aparece sólo hacia la mitad del relato cuando, entre los militares que acompañan al Empecinado, Aviraneta conoce al capitán Mala Sombra, personaje de fantasía presentado a los lectores como ‘una persona de mala suerte en amores y negocios’ (Baroja 1997, p. 47), actitud de la que derivaría el apodo que lo define. El narrador describe a Mala Sombra como a un hombre valeroso, capaz de ponerse al frente de la tropa liberal contra los absolutistas, a los que vence en una estratégica emboscada. Sin embargo, el personaje reúne también todas las características típicas del héroe romántico: antes poeta inspirado, luego hombre enamorado y celoso, Mala Sombra es un toreador valiente y acaba su existencia como víctima inocente de una pasión alocada que lo conduce a la muerte.
Esto, de hecho, es lo que ocurre en el relato: Mala Sombra, que está secretamente enamorado de Conchita Aguilafuente, se sacrifica toreando en una fiesta organizada para celebrar su victoria porque descubre que la mujer de sus sueños, en realidad, mantiene una relación clandestina con Emilio Pancalieri, prisionero italiano que había aceptado luchar al lado de los liberales españoles. Después de un atento análisis del relato, parece posible afirmar que a partir de su primera aparición en el texto Mala Sombra se convierte en el protagonista indiscutido de los acontecimientos y el narrador, fascinado por su incontenible personalidad, pierde gradualmente interés en las dinámicas históricas para concentrarse en los episodios de la ficción narrativa referidos al personaje. Es evidente, pues, que en la segunda parte del texto la descripción del temperamento de Mala Sombra, presentado a través de su evolución psicológica, se convierte en el eje central de la historia y la principal fuente de atracción para el narrador que, por esta misma razón, lo erige como modelo digno de imitación. Al igual que Mala Sombra, efectivamente, Aviraneta también está convencido de que gracias al valor personal y a las acciones heroicas todo hombre puede convertir su propia existencia en una novela y por eso, al concluir su conversación con Baroja, afirma nostálgicamente: ‘Los hombres de mi tiempo no leíamos tantas novelas como los de ahora. Buenas o malas, las hacíamos en la vida’ (ivi, p. 75)”.
[12] BAROJA Y NESSI, Pío… Ibídem, pág. 25.
[13] El 25 de abril abandonó Valladolid con destino a Ciudad Rodrigo, dejando como presidente interino de la Diputación al intendente José de Goicoechea. El 26 de abril se retiran las tropas constitucionalistas de El Empecinado en Valladolid dejando expedita la entrada a las realistas del cura Merino, que se concreta al día siguiente. Buch fue arrestado en Ciudad Rodrigo al entrar las tropas absolutistas, junto a Fausto Galiano, secretario político vallisoletano. Cfr. ANTA MUÑOZ, ANTONIO de. La Diputación Provincial de Valladolid en el siglo XIX (1813-1874), Tesis Doctoral, Universidad de Valladolid, 2012, pp. 110 y 341.
[14] El texto del convenio se recoge en el periódico fernandino El Restaurador, de 15 de octubre de 1823, pp. 3, 4 y 5: “Convenio ajustado entre el Excmo. Sr. D. Carlos O-Donell, capitán general del ejército y provincia de Castilla la Vieja, y el señor general D. José María Jalón, gobernador de la plaza de Ciudad Rodrigo.
Artículo I.º Cesarán inmediatamente las hostilidades entre las tropas del bloqueo y la guarnición de la plaza de Ciudad Rodrigo.
Art. II.º Es condición fundamental y sin qua non de esta cesación, la de que el señor gobernador y guarnición de la expresada plaza están prontos a cumplir y ejecutar, y cumplirán y ejecutarán sin restricción las órdenes que S. M. tuviere a bien expedir.
Art. III.º Se establecerán las líneas respectivas de puestos del modo siguiente: todo lo que se halla a tiro de cañón de la plaza se halla bajo la autoridad de su expresado gobernador, conviniendo el Excmo. Sr. Capitán general en replegar sus puestos abanzados por sugetarse a dicha condición; de modo, que teniendo actualmente su cuartes general en la Caridad, pasará su línea más abanzada por la de la guardia de campo del campamento más abanzado, las cual se halla a I varas delante del edificio de la Caridad; seguirá dicha línea más abanzada por los polvorines, san Giraldo, caserío Serranos en la orilla derecha del Águeda, y respectivamente a iguales distancias en su orilla izquierda.
Art. IV.º Se suspenden los efectos del bloqueo en cuanto a las comunicaciones entre la plaza y cualquiera otro pueblo o punto. Las comunicaciones de todo género serán francas y recíprocas, no solo entre la plaza y los pueblos, sino entre la guarnición y las tropas de bloqueo, entendiéndose en cuanto a esta última comunicación entre la guarnición y las tropas de bloqueo, que lo harán sus respectivos individuos bajo los correspondientes salvo-conductos de sus respectivos generales.
Art. V.º Ni la plaza ni las tropas del bloqueo aumentarán sus medios de ningún género de defensa y ataque desde la ratificación del presente convenio.
Art. VI.º Por consecuencia del artículo precedente, si la plaza necesitase auxilios exteriores el señor gobernador dirigirá exposición motivada al Excmo. Sr. Capitán general, quien con presencia de ella los acordará; y recíprocamente si las tropas del bloqueo necesitan algún auxilio de los que la plaza podrá proporcionar, se entenderá dicho Excmo. Sr. Capitán general con el Sr. Gobernador de la plaza.
Art. VII.º El presente convenio durará todo el tiempo que tarden en llegar las órdenes que fueren del agrado real de S. M.
Art. VIII.º Si se originasen algunas dificultades o dudas relativas a la ejecución del presente convenio, o sus incidencias, serán dirimidas y resueltas buenamente  de buena fe entre el Excmo. Sr. Capitán General y el Sr. expresado gobernador.- En el cuartel general de la Caridad, a 7 de octubre de 1823.- Por parte del Excmo. Sr. Capitán General y autorizados con plenos poderes.- El conde de Negri.- El teniente coronel primer ayudante del E. M.- Luis Armero.- Por la del señor gobernador de la plaza y autorizados competentemente.- El comandante del batallón de M. A. de Palencia.- Gaspar Blanco.- El comandante de la M. N. V. de Valladolid.- Hilario Rey.- Ratificado por mí dicho día, mes y año en la plaza de Ciudad Rodrigo a 7 de octubre de 1823.- José María Jalón”.
[15] Ibídem. “Visto este convenio por el gobernador de la plaza de Ciudad Rodrigo, sabemos que a pretesto de que por el artículo 3º no conseguía la guarnición el justo desaogo que en su concepto la era debido, so color de evitar los disgustos que podrían originarse del roce de unas y otras tropas, escribió con fecha del 7 al Excmo. Sr. D. Carlos O-Donell, para que como artículo adicional se sustituyera el dicho 3º, el que S. E. levantando el campamento, se retirase a una jornada de la plaza por lo menos; pero el general le contestó en el mismo día ‘que no podía ni debía acceder a la proposición de abandonar el terreno a donde había llegado cuando sus fuerzas de infantería eran muy inferiores a las de la plaza; que aumentadas ahora en razón cuadruplicada, no estaba en el orden prestarse en aquel momento a lo que antes no hubiera ejecutado, lo que cedería sin duda en descrédito de las armas del rey que tenía el honor de mandar’. Y en cuanto a los recelos que el gobernador tenía de disgustos que pudieran ocasionarse por indiscreciones de la tropa, respondió el general ‘que no los teme de parte de sus soldados que conocen bien la subordinación y no desobedecerán impunemente las órdenes que tenía dadas en el particular’”.
[16] Ibídem, número del 18 de octubre.
[17] Debe tratarse del citado comandante José de Porras Guerrero.
[18] Ibídem.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar en esta página.