viernes, 20 de marzo de 2015

Festejos taurinos tras la riada de 1909 en conmemoración del centenario del sitio (y II)

Todo estaba listo y la animación era evidente para encarar los festejos taurinos de la Feria de Mayo de 1910. Pero una cosa son las previsiones y otra los resultados. Así lo puso de manifiesto Fatigas en las crónicas de los festejos. En el primer festejo[1], “el de Tejadillo nos mandó dos arañas y dos tuertos, que si eran finiyos no había poer. Los que mejor se portaron fueron los de caballería, pero estaban abochornaos porque decían que eran picaores é toros y no de golondrinas; de todos modos destemplaron guitarras.
Pacomio Peribáñez
Pacosuyo [Pacomio], a pesar de cubrir su cuerpo con plomo y plata, bailó de lo lindo y corroboró lo que me dijo un espectador que estaba a mi lado: ‘Ese muchacho de pequeño ni  er Gayo le hacía parar en la cuna y cuando iba a la escuela nunca pudieron meterle en la cabeza las rectas. Sus favoritas fueron siempre las curvas…’
“Del Copao no tengo tiempo de ocuparme. En fin, que no vimos nada de particular. ¿Estáis contentos amigos?”
Una pregunta retórica, sin duda. Estaba claro que los diestros y el ganado habían defraudado el primer día, pero todavía había esperanza con los pacenses de Albarrán[2]. Antes, sin embargo, para dar mayor entidad a lo que realmente pasó en el coso mirobrigense, nos aferramos a la pluma de El Timbalero -el afamado crítico taurino salmantino que se llamaba José Sánchez Gómez-, a su peculiar crónica de la primera corrida de la Feria de Mayo. Y empieza con unos versos:

“Cuando apenas se veía,
y el cierzo frío soplaba,
y yo, ¡claro!, me quejaba
del relentillo que hacía,
me encaminé a la estación,
y tomando el ‘documento’,
ocupé un departamento
de tercera, en ocasión
en que el largo tren partía,
y la máquina silbaba,
y todo el mundo cantaba
y todo el mundo reía…
La luna… fascinadora
se ocultaba entre las nubes…
¡y cantaban los… querubes
la llegada de la aurora!
El tren, en marcha veloz,
corre con su buena carga,
y a nadie el dolor le embarga
(y yo con un sueño atroz).
¡A los toros a gozar!
(que es fiesta que yo bendigo)
vamos a Ciudad Rodrigo,
de personas un millar.
Y en todas las estaciones,
donde el tren hace paradas,
la gente sube a ‘porradas’
inundando los vagones…
La alegría es general; 
nuestro viaje es muy feliz;
no se registra un desliz…
¡vamos, que esto no va mal!
A mi lado va dormida,
sin despertarla, las voces
y los chistes algo atroces,
de esta gente divertida,
una charrita juncal,
de un pueblecito cercano…
(¡Duerme… y reposa una mano,
encima del delantal!)
La observación es curiosa
y es digna de ser escrita…
(La locomotora pita…)
(¿Le ocurrirá alguna cosa?)
Al fin, y sin novedad,
llegamos a la estación
de Miróbriga… Ovación
 y… vamos a la ciudad.”

El Timbalero, con estos ripios nos sitúa en el espacio mirobrigense después del trasiego ferroviario: “Y a la llegada a Miróbriga, el despampane, amigos mío, en muchachas bonitas, que salen a los balcones, al paso de los coches, para enterarse de la gente forastera que llega. Luego, paseos por aquí, vueltas por allá y, a las doce, después de la procesión solemne del Santísimo Sacramento, se organiza en la plaza un animado paseo.
El Timbalero, en un montaje de El Adelanto
“El cielo nublado… se torna sereno a ratos, para volver a encapotarse después. Se teme que a media tarde nos vuelquen las nubes su mercancía haciéndonos un mal tercio… Y como ahora en las fondas hay que ir prontito, para evitar el que le sirvan a uno los desperdicios de otros, sigo el ejemplo de los que abandonan el paseo y me dedico al… clásico cocido. Total: que a las cuatro ya me encontraba en la plaza, dispuesto a anotar lo que sea digno e indigno, dicho sea para tranquilidad de Pacomio y del Copao. Y ustedes perdonen los ripios que les coloco… a ratos.”
El redactor salmantino entra en sustancia para hacer la crónica de la corrida, además con la alegría que supone una aparente buena tarde, soleada: “¡Eureka! ¡Luce el sol!”, saluda El Timbalero. “La tarde se ha compadecido –sigue- de nosotros y a la hora de comenzar la diversión, disfrutamos de una espléndida tardecita. En los palcos, luciendo la clásica mantilla, veo a las bellas señoritas de Aparicio, Cerrazón, Petit, Canseco, Moro y varias forasteras. Preside el señor Roldán. Suena la charanga y hacen el paseo las cuadrillas. Hay aplausos.

“Pacomio cambia la seda,
y el Copao hace lo propio…
(¡Y tengo yo una a mi vera
que da el opio!)

Saca el moquero de los días de fiesta el señor Roldán, y se da suelta al toro primero. Hermoso, (de hombre, ¿eh?). Colorao, corniapretao y esto se ha acabao. Sale con mucho gas y proporciona un lío en el ruedo, de muchos bemoles:

Ni el Pacomio ni el Copao
consiguen para los pies
del buró. Y el ‘condenao
parece tuerto, ¡y lo es!

“Cuatro picotazos, apretando en el primero y doliéndose en los tres últimos, componen el tercio. En quites… ni media palabra. Un par trasero y caído de Petaca[3], otro comprometido de Fresquito y otro aprovechando, del primero, nos amargan el rato.
“Pacomio coge los avíos, y de plomo y oro, brinda a Roldán. El publiquito pide música y suena el bombo y los platillos para una faena con ayuda de toda la gente, en diversos tercios, que nos desagrada. Aprovechando, entra Pacomio con cuarteo y alargando el brazo, resultándole la estocada ¡como es natural! atravesada y un poquitín del lado de allá. El de Tejadillo se echa, y el puntillero lo remata a la octava… Pitos y palmas. Diré en honor de Pacomio que el de Tejadillo se mostró huido.
“Segundo. Pajarito, número 15, negro, flaco, y apenas salido de la lactancia:
Lorenzo Roldad, alcalde de Ciudad Rodrigo (con barba) durante el descubrimiento de la placa conmemorativa del sitio en la muralla

El torillo, sin embargo,
se muestra bravo de veras,
y del Torero y Cerrajas
toma tres varas certeras.

“Copao coge las cortas, y cambia, aguantando sin clavar. Vuelve el chico y el toro se muestra quedado. Cita con ganas, y aguanta más media y cambia y le falta toro para clavar. Todo esto entre aplausos. Desiste del cambio y deja medio de frente traserito. Palmas a la buena voluntad:

Jiménez y el Pajarero[4],
pasando sus fatiguillas,
dejan cuatro banderillas
que aplaude el cónclave entero.

“Copao, de morado y oro, brinda, y comienza su faena con tres pases, dos naturales y uno de pecho, a dos dedos de los pitones, que levantan al público. Luego se embarulla y sin igualar, arrea pa lante, y echándose fuera, deja el estoque en el chaleco, al lado contrario. Repite y da una delantera descolgada, que produce hemorragia. (Pitos y palmas, amigas). ¡Me ha dejado usté ‘parao’, / mi distinguido Copao. Quedó un jaco muerto.
“Tercero. Aldeano, negro. Pacomio, de salida, le para los pies con unas verónicas y unos faroles que hubieran sido buenos sin el baile que se trajo el diestro. Tres varas toma el cornúpeto de Broncista y Ronquillo, mostrándose valiente y poderoso y dejando en la arena un jaco.
“Los maestros rivalizan en quites, y vemos algo de particular. ¡Pero no crean ustedes que mucho! Pacomio coge los palos, y tras de larga preparación, deja uno al cuarteo, levantando los brazos y apretando mucho. (Palmas). El par ha sido de castigo y el toro da un salto con tendencias al tendido. La gente de Pacomio termina el tercio como puede.
“Y Pacomio, con la muleta, no consigue sujetar al de Tejadillo. Un pase aquí, otro a dos leguas, pérdida del trapo, y el toro, que está huido, descompone al espada y nos descompone a nosotros. Con habilidad suelta Pacomio un sartenazo entero y delantero. El toro se ha puesto imposible y los inteligentes tocan los pitos. Sufre el diestro dos arrancadas con vistas al hulé y al fin Aldeano muere después de echarse y levantarse quinientas veces, de intentar el descabello Pacomio y de acribillarle el puntillero”.
“Cuarto. Cartujano, número 12, haldinegro y con la cabeza por las nubes. También es terciadito como los anteriores.
“Una buena vara de Cerrajas, otra del Torero y un quite doble del Pacomio, llevándose al toro entre adornos por afueras, y dejándole en suerte, es lo primerito que vemos. ¡Muy bien ese quite, Pacomio! Cuatro varas más y dos quites de Pacomio, de la misma manera que el anterior, arman una revolución justa y merecida. Mueren dos jacos y se cambia el tercio.
“Los chicos de Copao, con las banderillas, estás detestables. El toro se muestra huido y Copao le muletea con ambas manos, y con ayuda del cónclave y entrando con cuarteo horrible y alargando el brazo, arrea un estoconazo atravesado. Descabella, y esto se acabó”.
Antonio Mata, Copao
No había salido bien la corrida. Y así, al hacer el resumen, El Timbalero lo tiene claro: “¿Quieren ustedes hacerlo? Porque yo estoy aburrido y no tengo ganas de llenar más cuartillas. Hasta mañana.”
Todavía quedaban dos corridas y había esperanzas en que cambiase el panorama, que mejorase y ocultara el desastre con el que empezaron los festejos taurinos de la Feria de Mayo; que se contase con un ganado digno y que los diestros cumplieran. Y no defraudó el ganado: “Don Manuel Albarrán, de Badajoz, demostró en este día que es hombre de gusto y se esmera en el cuido de su ganadería. Nos mandó cuatro novillos de primera, de chupen y de buten”, señalaba el redactor de La Iberia.
“Lo ocurrido cuando abrieron el chiquero por primera vez, nos recordó el estribillo del tango del cangrejo, pues a pesar de las llamadas que hicieron el que actuaba de Buñolero, un monodomesticado y Pacomio, al cabo de Dios te salve lo primero que presentó al público el cornúpeto fue el cuarto trasero, rollizo y enlutao, pero al dar la vuelta presentó las navajas sistema Cierva, u sease, despuntás, a pesar de lo cual cada achuchón, bacalao y piquero jincaban el pico.
“El que flojó un poquito fue el tercero –Inquisidor, número 10-, berrendo en negro, que estuvo tardo en varas. Despabilaron siete candiles / y Crisando decía / que no tenía más torcía.
“A pesar de que vimos en la plaza al tío jinda, no estuvo la cosa mal del todo, pero la falta de un puntillero echó a perder la suerte que tuvieron Peribáñez y Copao al herir.
“Mojaron un desconocido, otro de la localidad y hasta un picaor¸ y por último el primer toro se fue al otro barrio de vergüenza y los demás poco menos. Al único que le enviamos nuestros más sinceros aplausos es al señor Albarrán y a los de aúpa”.
El Timbalero saluda también con ripios a la segunda corrida del ciclo taurino  mirobrigense:

“Hoy se lidian albarranes,
de Badajoz procedentes.
¿Nos destrozarán los planes
o serán toros ‘decentes’…?
A verlo enseguida vamos.
La cosa no tiene espera.
Ya me encuentro en mi barrera
y la función comenzamos”.

Y señala el cronista “por cierto, que no con la tardecita de ayer. Hoy el cielo se ha puesto a mal con nosotros, y auguramos la suspensión de la corrida por lluvia. La entrada, al sol, mejor que ayer. A la sombra, en familia.

Y en los palcos, muy hermosas
hay mujeres con mantilla.
¡Señores, pero qué caras
más que requetebonitillas!

“El señor Roldán preside; saca la flámula y al compás del pasodoble de Pulguita, el despejo hace el Chicarro / entre palmas generales; / y un tío le tira el jarro / y el presidente las llaves. Ábrese la puerta y sale el primero al cuarto de hora de dejarle la garita libre y de jugar un poco al escondite. El animalito es negro, grande, hermosamente criado, mogón de los dos y de pies.

“Pacomio saca el capote
y lanceando al ‘buró’,
entusiasma a los más zotes
que dicen: ‘¡Vaya caló’!

El de Valladolid lanceó al de Albarrán, que se mostró bravo, con mucha vista; luego, en las seis varas que tomó el bicho, saliéndose suelto de las cuatro últimas, hizo el maestro dos quites dobles, buenos de verdad, adornándose y dejando al toro en el tercio de la suerte. (Muchas palmas).
“El Ronquillo y El Broncista picaron mucho, pero mal. Petaca y Fresquito cumplen con los palos, después de algunos sustos y de dormirse un poco el presidente. La cosa, en conjunto, ha resultado animadilla.
“El de Albarrán llega a la muerte un tanto incierto y quedado. Pacomio hace una faena laboriosa, de la que descuellan dos pases en redondo por lo bajo. Luego aprovecha, y llevando el brazo suelto y arqueándolo (¡su defecto de siempre!) arrea una entera al lado de allá y con travesía. Nueva faena y marchándose de la recta, da un pinchazo hondo, delantero. Un mete y saca de los más feíto. ‘¡Ay don Paco, Paco-mío, / que te estás haciendo un lío!’
“Y como al toro no le gustan estas cosas, se echa, pidiendo su decapitación, de la que se encarga el puntillero, el cual consigue levantarlo al primer hachazo, y al segundo y al tercero. Y la faena se hace interminable y todos nos aburrimos. Y Pacomio recibe un aviso. Y se harta de dar descabellos. Por completo se descompone Pacomio, y, a paso de banderillas, y volviendo el rostro, arrea al avisado animal dos pinchazos. Aumenta la bronca, surgen puntilleros por todas partes y sigue Pacomio intentando el descabello. Llegan los tres avisos, tocan para salir ¡¡¡los mansos!!! con muchísima justicia, y Pacomio, en medio de una bronca tremenda, comete horrores con el de Albarrán. Al fin, ya en el suelo el toro, descabella, barrenando por espacio de un cuarto de hora. ¡¡¡Horror, señores, horror!!! Y el toro, después de todo, era noble. No he visto en mi vida un desastre semejante.
“Segundo. Grande, gordo, berrendo en negro, abierto y afilado de agujas. Con soberano poder, toma el de Albarrán siete varas y un refilonazo, matando tres jacos. Cerrajas en una vara, / le deja enhebrado el palo. / Lo cual que nos desagrada / por lo malo.
El ganadero salmantino Amador García
“El torillo se pone de cuidado, y a la media vuelta colocan cinco palos los chicos de Copao, bastante mal, por cierto. Copao, admitiendo la ayuda del peonaje y de todos los que buenamente se hubieran prestado a ello, hace una faena breve, mala, miedosa hasta la exageración. Se tira dos veces, y cuarteando horriblemente y a paso de banderillas, arrea dos estoconazos delanteros y descolgados, volviendo toda la fisonomía. Repite con otro de la misma forma. Y el toro se echa.

Y el espada, que es Copao,
y se llama Antonio Mata,
me deja ¡oh, dolor! ‘parao’
porque este Copao no ‘mata’.

“Hace la misma faena que Pacomio en el anterior, y hay bronca, y hay pitos, y hay aburrimiento, y… ¡hay un pánico indescriptible! Un bajonazo dado por el diestro o el siniestro (que es lo mismo) y el extremeño se echa para levantarlo el puntillero. Nueva faena pésima, y otro sablazo, otro y varios puntillazos y… ¡al desmigue!
“¡Setenta y cinco minutos en dos toros! ¡A más de media hora por barba! Y a todo esto, dispusimos de unos veinte puntilleros espontáneos, entre toreros, matarifes y paisanos… ¡Horrible, amigos míos, doblemente horrible!
“Tercero. Y cuando apenas nos hemos repuesto de las agradabilísimas impresiones… soportadas, sale el tercer animal a hacernos felices… Es un respetable sujeto, grande, gordo, berrendo en negro, bien armado y con todas las trazas de buey. El de Albarrán se nos presenta con el pitón derecho astillado. Una vara ful y otra con caída estrepitosa, y el animalito se dedica al dulce barbeo de las tablas. Otra vara, al encuentro, saliéndose suelto, y otra en la misma forma. Lo cual, y sin mucho empeño / dicho sea con verdad, / del ‘tuesten’ salió el extremeño / por pura casualidad.
“En el ruedo hay un lío espantoso, y no veo nada que me agrade. El manso es el amo, y toma toda la plaza por campo de operaciones. El Fresquito y El Petaca / nos entretienen un rato, / con pares de toma y daca / que aplaude algún insensato. Y después que el toro hizo unas caricias a un jaco medio difunto, pasó a manos de don Paco-mío, en no muy buenas condiciones para desquitarse de lo anterior.
“Pocos pases y con marcado cuarteo, arrea media descolgadas y delantera. Repite con otra entera, atravesadilla y sus miajas delantera. Descabella al primer golpe y hay ovación y… oreja. ¡Bueno!.
“Cuarto. ¡Gracias a Dios! Negro, zaino, gordo, afiladito de pitones y… nada más. Peribáñez da dos largas cambiadas; la primera ful y la segunda buena, por lo que el concurso le aplaude.
“Copao, embarulladito, lancea sin entusiasmar, y el de Albarrán toma cinco varas, saliéndose suelto.

Mueren dos jacos de susto
y la cosa es aburrida.
¡Ay señores, qué corrida!
¡Si da gusto!

“Cogen los palos los maestros. Suena la orquesta, y Copao, con pocos floreos, deja, entrando de frente, un par desigual, que se le aplaude. Pacomio coloca uno al cuarteo, que se acepta. El Fresquito tira a la atmósfera los rehiletes, y la fiesta la termina el Copao, como mejor puede, pero no como nos hubiera gustado: un soberbio golletazo. El tren se va  no hay tiempo para más. Resumen: ¿Nos aburriremos también mañana?”.
El último festejo[5] del ciclo de mayo se presentó con nubarrones. Se lidiaban reses de Santiago Neches para los espadas anunciados, los mismos que en las tardes pasadas.
Pacomio Peribáñez
El crítico de La Iberia describe la situación: “La tarde se presentaba muy mediana y con tendencia a llover, esperando a que estemos en la plaza para descargar un buen chaparrón, guareciéndose el público debajo de los tendidos y donde pudo, hasta que se sintió el clarín y a fuerza de arrempujones gorvimos a ocupar el número 21 de la barrera.
“Suena el pitío largo y sale a la arena el número 28, berrendo en negro y atendía por Camarero. Desacreditó la ganadería y el gremio, porque a pesar de haber hecho cuanto humanamente es posible, aumentó un número en el programa porque fue condenado a fuego.
“Tomás y Fresquito le colocan tres pares de cualquier modo, pero con mucho ruido. Pacomio, después de unos cuantos pases, deja una contraria que dobla el bicho sin levantarse más.
“Al segundo le pusieron Talavero, número 31; negro bragao. De raspalijón y sin que dejara señal, saluda a Cantares[6], del que toma después de mucho rogarle dos varas más y, contándose como buena la primera, se cambia la suerte, pero como se abre el grifo de los del principal, ni nos enteramos, pero sí, por desgracia de la faena del Copao –no te equivoques, Rojito, y me cambias la ‘o’ por una ‘a’-. En fin, figúrense mis queridos lectores lo más peor y fue mucho más. Una sardina para la fábrica de abonos.
“Según los papeles que he visto, al tercero le llamaron en vida Tomatero; tenía el número 23 y vestía de riguroso luto. También  resultó  mu  atento con los de aúpa­, pero se decidió y tomó dos varas de Cantares e igual número de Ronquillo y una superior del Broncista y dijo que no quería más gromas. Se adornan los de turno con cuatro pares y sale Peribáñez, que emplea una faena menos que mediana, dejando muchos pinchazos, dos pescueceras y por último murió de lo que Dios quiso. Violines despanzurraos, dos.
“El cuarto honró a su padre, a su madre y al ganadero. Jabonero y, según mis datos, le pusieron cuando vio er só Majito, marcado con el número 23; bien armao. Es lo mejor de la tarde. Voluntario y querencioso, toma cinco varas de Cantares, que estuvo superior, una de Cerrajas y otra de Terrero[7].
“En cuanto se vieron sus facultades se puso caro el jabón y se desprendía en el redondel un tufiyo poco agradable. En una suerte que decían algunos inteligentes era un quite, el Copao se quedó ídem. Se hizo la mosqueta, ú sease, echar sangre por las narices de la cara del rostro. Se guarece en un burla y cuando gorvió le vimos la taleguilla de una cosa que muchos decían que era barro, pero yo tengo la creencia de lo que producía la humedad estaba depositado en la parte más posterior y carnosa del cuerpo. En fin, eso la lavandera lo sabrá.
“Le colocaron cuatro pares de zarcillos (algunos se caían de maduros). El tal Copao, sin noción de vergoña torera, emplea una faena sucia; lanza un sablazo y, por último, rompió la oya y se acabó. Este novillo dejó en el ruedo cuatro aleluyas”.
El despejo de las dos últimas corridas fue realizado “en un magnífico caballo de José Manuel, de Rodasviejas, por el inteligente desbravador José Iglesias, Chicarro, de Salamanca y hoy, en otro que en nada desmerecía del primero, de don Victoriano Angoso, de Buenamadre”.
Y, como remate, el resumen: “La primera corrida, dos muy pequeños; la segunda, archisuperior; y la tercera muy mediana, excepto el cuarto toro que fue canela fina. La presidencia, muy acertada y demasiado tolerante. Las entradas, rematadamente malas, peores que el Copao”.
Estaba claro que los críticos no coincidían en sus apreciaciones, al menos con el juego del ganado. Faltaba por conocer el parecer de El Timbalero en El Adelanto sobre el tercer y último festejo de la Feria de Mayo: “¡A la última, señores, / a la última, que es hoy! / Medianos, chicos, mayores: / ¡Quién se viene, que me voy! Y pian, pianito y amenazando lluvia llego a la plaza. Estamos en familia. Llueve. Preside el señor Roldán. Suena la música y se hace el paseo. Es despejo lo hace el Chicarro. Que es ovacionado. Colocados todos en su sitio, se da suelta al toro primero. Camarero. Luciendo en la piel el número 28, se nos presenta, haciendo competencia en su carrera con el de Halley, Camarero. Es berrendo en negro, grande y largo, repletito de carnes y con lo suyo en la cabeza.
“Hay lío en el ruedo hasta que Peribáñez toma de capa al de Neches, que se le va a los tres lances. El torillo toma el ruedo por hipódromo y no hay quien le sujete ni quien le haga entrar a los piqueros, aun cuando éstos tampoco hacen mucho por él.
“Precipitándose el presidente, acaso por las impaciencias del público, se cambia el tercio y el de Neches es condenado al fuego infamante.

¡Oh, dolor! ¡Ya empezamos a sufrir,
ya empezamos a penar!
¡Esto, amigos, no es vivir!
¡Son ganas de fastidiar…!

“De fastidiar al cornúpeto que anda el pobrecillo por el ruedo inofensivo y asustado, hasta que el pollo Petaca, / cumpliendo su cometido, / le obsequia con una traca / de formidable estampido. Y muy bien colocada, por cierto.
“Fresquito mete a Camarero otros dos fulminantes caídos, repitiendo el primero aceptablemente, y a otra cosas que llueve. ¡Pero a cántaros! No vayáis ustedes a creer que es en broma. En broma o no en broma, coge Pacomio el pincho y el trapo. Hace una faena laboriosa e inteligente, con sus miajas de codilleo y el toro acude al engaño con nobleza.
“Echándose fuera el de Valladolid, y alargando el brazo lo mismo que si fuera a cobrar, arrea a Camarero una estocada caída, que le privó de la existencia. (Hay palmas y hay pitos). Y hay también un pánico horrible desde que comenzó la fiesta.

Y mi amigo Calamita,
dijo al morir el mansote:
- ¡Si estuviera aquí Bombita
no habría tanto ‘zerote’…!

“Segundo. Talavera (sigue el pánico), es negro, bragado, de las mismas hechuras y el mismo tipo que el anterior. Trae en el traje el número 31.
“De salida le arrea un piquero (el Torero), una puñaladita que asusta. Y por no descomponer el cuadro de las corridas anteriores, hay en el ruedo un lío fenomenal. ¿Pero, qué es esto? ¡Nada, un chaparrón que nos acaba de arreglar!
“Tardeando, toma el zamorano dos puyazos más, con caídas grandes y se cambia la suerte… la suerte taurina, no la nuestra, que ya ven ustedes que va siendo muy perra. Sigue diluviando, y Jiménez y Pajarero hacen con los palos ‘filigranas’. Y el concurso entusiasmado, / ante cosas tan ‘bonitas’, / queda medio reventado / de las pitas.
“Sale Copao, al que no le hemos visto hacer nada todavía, y enseguida nos demuestra que tiene un pánico… inenarrable. Sin dar al buró pase alguno de muleta, coge barrera desde Belchite (provincia de Zaragoza, según se va a la derecha), y cuarteando, alargando el brazo todo lo que puede y volviendo todo lo que puede también la cara, arrea una puñalada traicionera, saliendo perseguido y librándose, por casualidad, de un desavío. (Pitos). En la misma forma da otro pinchazo en el pescuezo. (Arrecia la bronca). Otro en el mismo sitio y del modo más feo y con más pánico cada vez. (Más pitos). La bronca debe de oírse en Fez. Un intento de descabello, con arrancada peligrosa y Pacomio al quite. Otro intento y el mártir se acuesta. (Bronca enorme número dos mil). Pacomio da la puntilla y todos la gozamos.

Y Antonio Mata (Copao),
que camina por el ruedo,
se retira ‘avergonzao’
de su miedo.

“Tercero.

‘Tomatero’ es el tercero,
(de motajo por supuesto).
¡Vamos a ver ‘Tomatero’,
si quedas en mejor puesto!

Por lo menos, el animalito, que es negro zaino, largo y más grande que su hermano, sale de la celda con muchos humos, arreando contra los picadores de tanda, que son el Broncista y Ronquillo, desmontándolos y enviando al guano a un pobre jaco.

Entonces Peribáñez, que es torero,
que sabe, cuando quiere, torear,
lancea inteligente a ‘Tomatero’
haciéndonos ¡oh, dicha! entusiasmar.

“Pero la alegría dura poco en los pobrecitos que nos mojamos por presenciar la corrida, y en el ruedo hay lío, y en medio de él, saliéndose suelto de la suerte, toma el toro cuatro puyazos que nos hacen pasar a otra cosa sin haber visto nada en quites, pero sí mucho en pánico.

¡Señores, no fastidiar!
No es la cosa para tanto.
Si tenéis mal puesto el santo,
procuradlo ahora cambiar!

“¡Nada, ni por esas! El miedo es libre, y con muchas precauciones, clavan, o mejor dicho, tiran los palos los chicos de Pacomio, mucho más acá del morrillo. (Pitidos). El toro se pone, o mejor dicho, lo ponen dificilísimo, Adelanta más por el lado derecho que un telegrama urgente, y en estas condiciona pasa a manos de don Paco-mío, que dicho sea de paso, está muy trabajador.
“Ayudado eficazmente de primeras por Petaca, toma de muleta, el paisano de Alba al zamorano, cerquita y consintiéndole. La faena es buena, en esta primera parte, descollando un gran pase en redondo, por lo bajo, que hace al novillo morder la tierra. Aprovecha el diestro, y nos desluce todo con un mete y saca, feo, saliendo perseguido y perdiendo el trapo. Nueva faena, ya desconfiadita, y un buen pinchazo en hueso. Otro que el toro escupe. Media estocada delantera… y todos nos aburrimos. Otro pinchazo; otro; una delantera y atravesada, y… ¡horror! Otro pinchazo, dos intentos de descabello, otro, y… basta. Difícil ha estado el toro, pero no tanto que disculpe al diestro de la pita que le dan.
“Cuarto y último. Majito. Señalado con el número 23, de bonita lámina, grande y gordo.

Y es ‘Majito’
tan bonito,
que acredita a un ganadero.
El torito
tan guapito
es berrendo en jabonero.
Y la gente
inteligente
que ve un poco en estas cosas,
diligente,
complaciente,
prorrumpe en palmas ruidosas.

“El toro, con voluntad y poder, arrea con los piqueros, tomando hasta seis varas y dos refilonazos, desmontando a los varilargueros, proporcionándoles caídas estrepitosas y matando cuatro caballos.
“Pacomio hace lo suyo en quites, siendo ovacionado. Hay jaleo y entusiasmado. ¡No entusiasmarse tanto, amigos de suplicio! ¡No tardaremos en padecer otro poquito! Y efectivamente, Copao sale arrollado al hacer un quite por no saber siguiera dar la salida que necesitaba el toro. ¡Que es el colmo! Y esto nos disgusta, como también que el presidente se duerma y que el Fresquito y el Pasajero tiren los palos, de pánico que tienen, al pescuezo del toro.
“Copao demuestra más miedo todavía; y sin dar ningún pase de muleta, y a paso de banderillas, ignorándolo todo y cayéndose de pánico, da al de Neches, en medio de general bronca, dos puñaladas con horrible cuarteo y alargadura de brazo, en los bajos, de los que muere el noble toro. Total: que del ‘Copao’… / bastante hemos ‘hablao’.” Y en resumen: “¡Al tren, señores! Pero escapados”.
El Mozo de Estoques, crítico taurino de Avante, estrena por entonces su pluma en el semanario con la crónica de los festejos taurinos de mayo –solo comenta los de los días 26 y 27- de 1910, criticando abiertamente el ganado y los matadores: “Día 26. Lástima de tiempo, de tinta y de papel… empleado en reseñar una cosa que no sé si llamar herradero ú bazar de  jindama. Porque camará, pa eso ni el propio Hurón[8], que ponía cátedra de canguelo. Pero, ¿qué vieron los mataores de malo en aquellas chotas? ¡Si parecían la camisa del cantar, a la que le faltaban los puños, las mangas, los faldones, la pechera y los botones!
“La verdad es que el público sacó la impresión de que si con aquellos cabritos no se animaban los toreros, ni conseguían apoderarse de ellos, con los que le quedaban aquello iba a ser el despiporren.
“Reseña, ¿pa qué? Pongan ustés to lo malo que hayan visto a los peores toreros y ya está”. Así de sencillo, aunque más adelante daría algunos detalles de las actuaciones y los matadores. Pero antes, inserta la crónica del siguiente festejo: “Día 27[9]. Con algo más de entrada que ayer, que fue de flojiminis, dio principio la corrida con toros de Albarrán, que eran cuatro buenos mozos, alguno con sus veintiséis arrobitas y pué que más.
“El primero hizo una regular faena en el primer tercio, siendo malísimamente picado por los de tanda. Tardo en banderillas, llegó a la muerte lucho el infeliz, sin achuchar y sin volver la cara una sola vez. El segundo, más pequeño que su antecesor, fue más bravo, y así hubiera continuado hasta la muerte si no le hubieran descompuesto la cabeza con tanto capotazo inoportuno. El tercero, buey de nación, tomó de refilón y al encuentro seis o siete varas, llegando a la muerte huido y defendiéndose en las tablas; y el cuarto y último, ni fu ni fa. Total: toros regulares”.
El crítico de Avante se centraría después en los matadores: “Pacomio en su primero se arrimó en dos pases y después, pensándolo mejor, en cuanto el amigo junto las manos, se echó la escopeta a la cara y arrimó una corta y sus mijitos atravesada, teniendo que repetir con otra de la que dobló el de Albarrán, levantándolo cuatro mil veces el puntillero, y después de un aviso, el mataor pincha p’aquí, pincha p’allá hasta que el toro se murió de aburrimiento. En su segundo hizo una faena de tente mientras cobro, agarrando un estoconazo que bastó, descabellando a la primera. Palmas y oreja… No sé si a la faena o a haber acertado a la primera.
“Copao flameó la muleta como pudo, en uno y en otro lado, de los que le tocaron y en cuanto pararon un segundo, arreó con ellos pinchando en donde pudo y como pudo. Claro que siempre mal”.
En resumen, el “ganado: El de Tejadillo hubiera resultado bueno si no hubiera sido tan pequeño y tan mal lidiado. Los de Albarrán, uno bueno, dos regulares y uno malo.
“Los picadores… p’al gato. Los banderilleros… pa la gata. Pacomio… bueno, regular y malo. Copao, un poquito menos que regular y malo. La presidencia acertada y el servicio de plaza bien”.


[1] La revista El Toreo, en su número del 27 de mayo de 1910, sintetiza el festejo telegráficamente, remarcando los percances sufridos en la suerte de varas: “Ciudad Rodrigo, 26. Los toros de Amador García fueron buenos y mataron ocho caballos. Peribáñez y Copao estuvieron superiores matando. C.” También encontramos una reseña, un poco más extensa, en el número 19.099 de La Correspondencia de España, de 28 de mayo: “Ciudad Rodrigo (viernes mañana). Los toros de Amador García mataron cinco caballos. Copao quedó bien. Pacomio Peribáñez fue aplaudidísimo, tanto toreando como matando. En el tercero realizó una faena colosal, banderilleando y toreando rodilla en tierra. Con el estoque, muy bien”.
[2] El Toreo, del 30 de mayo de 1910: “Ciudad Rodrigo, 27. Los toros de Albarrán fueron buenos y mataron diez caballos. Peribáñez y Copao quedaron superiores, siendo ovacionados. C.”
[3] Francisco Mateo, Petaca.
[4] Puede referirse a Antonio Cabezas, que se distinguió más como picador de toros.
[5] El Toreo, del 30 de mayo de 1910. El cronista sigue destacando en su breve las muertes de los caballos: “Ciudad Rodrigo, 28. Los toros que se lidiaron fueron buenos y mataron nueve caballos. Peribáñez y Copao quedaron bien toreando y matando”.
[6] Fermín Ortega, Cantares.
[7] Según el cartel de las corridas, junto al piquero Cerrajas formaba en la cuadrilla de Copao José Farnesio, anunciado para ese día. Como banderilleros actuaron Francisco Andújar, Ciervana, y José Sánchez, Negrón, quien hizo también las veces de puntillero. De Terrero nada se apunta.
[8] Manuel Caro, el Hurón. Natural de Valdepeñas (Madrid). Después de una etapa como banderillero, se hizo matador de toros y novillos, aunque sin demasiada fortuna.
[9] De esta corrida también encontramos referencia en La Correspondencia de España, en su número 19.100, de 29 de mayo: “Ciudad Rodrigo (sábado tarde). Se ha celebrado la segunda corrida con toros de Albarrán, que fueron buenos, matando siete caballos. Pacomio Peribáñez quedó superior toreando y muy bien matando. Banderilleó al cambio con gran lucimiento. Pacomio fue sacado en hombros. Copao fue también muy aplaudido. El público, satisfecho”.

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