La agrupación, por tanto
supresión de las parroquias mirobrigenses, fue una reordenación obligada por el
Gobierno de la Regencia
que presidió el general Baldomero Espartero entre 1840 y 1843, al dictar una
nueva desamortización de los bienes eclesiásticos[1] que
tuvo su origen y desarrollo en 1841, aunque su ejecución no comenzaría hasta iniciado
1842. Precisamente, el tres de enero de 1842 el Ayuntamiento ve en sesión una
carta remitida por el obispo civitatense, Pedro Alcántara y Jiménez, en la que
pide al Consistorio su pronunciamiento sobre la su supresión de varias
parroquias en Ciudad Rodrigo, lo que se vino a llamar en términos eufemísticos
“reordenación parroquial”.
lunes, 5 de enero de 2015
domingo, 4 de enero de 2015
Apuntes sobre la fortificación de Ciudad Rodrigo (IV)
El 1 de marzo de 1708, el brigadier Pedro
Borraz firma un auto para la tasación de las casas que son necesarias destruir
para la fortificación, tanto en el interior como en el exterior de las
murallas, cumpliendo con las órdenes de la superioridad y favoreciendo, en la
medida de las posibilidades, a los vecinos afectados: “Por cuanto se
halla con real orden en razón de que se deshagan todas las casas que han
quedado en el arrabal de San Andrés de esta ciudad y las que dentro de ella por
contiguas a la muralla fueren de embarazo para la fortificación que se está
obrando en esta plaza y considerando que muchos de los dueños de dichas casas
no podrán o no querrán recoger ni aprovecharse de los materiales de ellas, para
que los tales puedan ocurrir a Su Majestad cuando y como les sea conveniente en
razón de ello, mandaba y mando que todas y cada una de las casas que en esta
manera de orden de su señoría se fueren derribando de cuyos materiales los
referidos dueños o administradores no pretendieren aprovecharse ni valerse sino
es dejarlos para que se apliquen y gasten en lo necesario a la obra de dicha
fortificación, se reconozcan, valúen y tasen según la común estimación y valor,
que cada una de ellas o parte (de que sus dueños no se valieren) tuviere a la
sazón, de cuya regulación y tase se forme asiento, diligencia y fe a
continuación de este auto para que las partes interesadas ganen y se les dé los
testimonios que pidieren y necesitaren.”
sábado, 3 de enero de 2015
Un siglo atrás: el Carnaval de 1915
A finales de
julio de 1914 había estallado la Gran Guerra. España decidió quedarse al
margen. Ya tenía demasiado. Era un país económicamente atrasado, que se había
quedado sin colonias, aislado en el arco internacional, moralmente destrozado y
con gobiernos que mantenían hasta la extenuación una crisis política sin visos
de solución; además, había surgido el problema de Marruecos. Un tótum
revolútum, un pandemonio que derivó en una crisis obrera que abanderó la huelga
como medida reivindicativa. Y Ciudad Rodrigo, abocada a una crisis generacional
en los últimos tiempos, se identificaba palmariamente con ese revoltijo, con
esa crítica situación social y económica. Sin recursos, sin trabajo, la clase
obrera mirobrigense buscó salidas a su situación, llegando al extremo, vista la
idiosincrasia de los habitantes de la ciudad del Águeda, de barajar que se
solicitase al Ayuntamiento rodericense la suspensión de los festejos carnavalescos
de 1915 y “el empleo de su importe en trabajo para los proletarios”, anunciaba Avante en un suelto del 23 de febrero.
viernes, 2 de enero de 2015
Creación y bendición del cementerio de la iglesia de San Juan
El 28 de
julio de 1804, el Consejo de Castilla promulga una real orden por la cual se recomienda
la construcción de cementerios a la mayor brevedad[1].
Esto sería preferente en las ciudades o villas capitales, pueblos que hayan
sufrido epidemias o estén expuestos a ellas y en aquellas parroquias en que se
considere urgente por el número de habitantes, escasez de espacio, etc. Los
cementerios se construirán fuera de las poblaciones y a distancia conveniente
de estas, en parajes bien ventilados con terreno adecuado, evitando el riesgo
de filtración o comunicación con aguas potables del vecindario.
jueves, 1 de enero de 2015
Apuntes sobre la fortificación de Ciudad Rodrigo (III)
Las obras emprendidas, sin
embargo, no supusieron grandes mejoras. Y vemos cómo, por ejemplo, Esteban de
Olalla, sargento general y gobernador de la plaza de Ciudad Rodrigo en 1703, ya
con dos años de andadura del conflicto bélico por la sucesión al trono de la
corona española, se lamenta del estado de las defensas mirobrigenses: “…cuán
antiguas, derrotadas e irregulares son las murallas de esta ciudad, cuán para
los vecinos de ella que pueden tener armas, pues no pasan de cuatrocientos, que
sólo constan las dos compañías de infantería de su dotación de sesenta plazas
con que no sólo no se puede defender ni cubrir las cinco leguas de tierra muy
llana que dista de la plaza de Almeida, pero ni evitar el malogro de tanta
hacienda como se van perdiendo…”[1]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)