«Hoy se
destruye por el gusto de destruir, porque se pretende romper todo el lazo de unión entre
lo presente y lo pasado; antes era el
extranjero quien incendiaba destruía, talaba y arruinaba, a
costa de la sangre de nuestros padres; lo que no había ocurrido nunca
hasta ahora en Ciudad Rodrigo es que los mirobrigenses se gozaran en sus
propias ruinas; lo que estaba reservado, a estos nuestros tiempos de ignorancia y de egoísmo,
era derribar lo que habían respetado
los enemigos de la patria, y encima
burlarse de los que aman las glorias de
su pueblo; que el enemigo, en una guerra de exterminio, lanzase satánica carcajada cada vez que una bomba volaba un edificio, bárbaro era, pero era
lógico y natural; lo que es inaudito,
lo que es incomprensible, lo que causa
indignación y vergüenza, es que un pueblo consienta impasible que se
ultrajen y pisoteen sus más nobles
sentimientos, dejando que sea rota y hollada su bandera, sus armas, las armas y la bandera de sus antepasados, y
que encima los inspiradores y aconsejadores
y responsables de la hazaña... se rían de la gracia; lo mismo, lo mismo que
harían de seguro los franceses cuando
desde el teso de San Francisco, vieron
derrumbarse un lienzo del muro o sintieron desplomarse una calle
entera».
«La Iberia» (6 de
diciembre de 1903)