Después de
innumerables trabajos y escollos solventados a lo largo de prácticamente una
centuria, Leonor de Velasco[1],
condesa de Siruela y marquesa de Cerralbo, comunica al Consistorio mirobrigense
en 1685[2] su
determinación, a pesar de los tiempos, muchas
oposiciones y cortos medios, [de] dar
cumplimiento a la fundación del cardenal Pacheco, mi señor y tío, abriendo su
capilla, ponerla en el santo comercio y fin principal a que se designó por su
fundador por ser la pieza de mayor lustre de mi casa y la perla más preciosa de
esa ciudad. Para ello, entre los distintos actos programados y debidamente
anunciados[3], se
había convocado un epinicio, un canto triunfal al resultado de la obra y a sus
mentores, cuyo resultado final sería editado dos años después, en 1687[4], por
Tomás Dávila[5], que era el secretario del
certamen literario y quien fuera lector de teología en el convento de San
Agustín, aunque cuando se publicó el libro ostentaba el cargo de maestro de
estudiantes en el colegio de Doña María de Aragón[6], en
Madrid.
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lunes, 3 de noviembre de 2014
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