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lunes, 3 de noviembre de 2014

El patrimonio mirobrigense en el vejamen del epinicio sobre la dedicación de la capilla de San Andrés

Después de innumerables trabajos y escollos solventados a lo largo de prácticamente una centuria, Leonor de Velasco[1], condesa de Siruela y marquesa de Cerralbo, comunica al Consistorio mirobrigense en 1685[2] su determinación, a pesar de los tiempos, muchas oposiciones y cortos medios, [de] dar cumplimiento a la fundación del cardenal Pacheco, mi señor y tío, abriendo su capilla, ponerla en el santo comercio y fin principal a que se designó por su fundador por ser la pieza de mayor lustre de mi casa y la perla más preciosa de esa ciudad. Para ello, entre los distintos actos programados y debidamente anunciados[3], se había convocado un epinicio, un canto triunfal al resultado de la obra y a sus mentores, cuyo resultado final sería editado dos años después, en 1687[4], por Tomás Dávila[5], que era el secretario del certamen literario y quien fuera lector de teología en el convento de San Agustín, aunque cuando se publicó el libro ostentaba el cargo de maestro de estudiantes en el colegio de Doña María de Aragón[6], en Madrid.