Vamos a ver.
Situémosnos a final de siglo. No del pasado, del anterior. Ya puestos, dejemos
de lado la saudade noventayochista, que demasiada frustración recreó en la sociedad.
Cierto es también que generó movimientos sociales que siguen siendo referencia histórica.
No viene al caso, por ahora. Vamos al grano... local. Sabemos que Mazarrasa fue
un obispo –administrador apostólico, que todo hay que decirlo para evitar correcciones-
de lo más culto y comprometido que ha tenido la Diócesis civitatense. Hizo todo
lo posible por atender a los más necesitados, para formales, convirtiendo el
Palacio Episcopal en un espacio referencial para los mirobrigenses. Una casona
abierta, de día y de noche, para que acudieran los fieles, y no tan fieles, a
instruirse. Daba igual que al lado mismo del palacio del prelado se estuviera
pecando en el salón de bailes de la sociedad de los artesanos –todavía se
aprecia la rotulación-. Se organizaban fiestas –aquellos bailes tan pulcros,
tan distantes, tan desapasionados... un suponer por el qué dirán de aquellos ojos
escrutadores- cuando la ocasión lo requería. San Antón, san Sebastián, la
Candelaria, san Blas, las águedas... un bullir, un sinvivir pecaminoso
esperando que llegasen aquellas jornadas que, indefectiblemente, marcaban el calendario
festivo mirobrigense.