Herrasti, después de la
capitulación de Ciudad Rodrigo el 10 de julio de 1810, y como respuesta al
libro que escribió Policarpo Anzano,[1]
que consideraba que no se ajustaba del todo a lo que realmente ocurrió, quiso
plasmar en unas memorias[2]
los sucesos que desencadenaron la rendición de la plaza. De esta forma también
refleja los preparativos y, dentro de estos, la ejecución de las distintas
obras para mejorar la defensa de Ciudad Rodrigo, aunque las lamentaciones por
la falta de caudales eran evidentes: “Pero la escasez de medios con que nos
hallábamos para activar las obras necesarias, hacer acopios suficientes de
víveres, reparar muchas partes de la fortificación que lo exigían, etc., no
permitía que se pudiesen llevar a debido efecto los presupuestos que se
formaron…”[3]
y que fueron suscritos por el brigadier Juan de Belesta, por el comandante de
artillería Francisco Ruiz Gómez y por el teniente coronel e ingeniero Nicolás
Verdejo, por lo que “tuvimos que ceñirnos a sólo lo más urgente, trazándose y
empezándose a construir inmediatamente una batería en figura de revellín sobre
la plaza de armas que estaba a la derecha de la puerta del Conde, entre ésta y
la de San Pelayo, frente del convento de Santo Domingo, que además de cubrir
una gran parte de los recintos principal y falsabraga, tenía la ventaja de
defender el flanco derecho del arrabal de San Francisco, sus bocacalles,
porción del Campo de Toledo y batía la parte de las huertas de los Cañizos y
todas sus avenidas; cuyo trabajo, aunque grande, costoso y de prolija
ejecución, se logró concluir enteramente y llegó a servir en los últimos
ataques con mucha utilidad para nuestra defensa.”[4]
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viernes, 6 de febrero de 2015
martes, 27 de enero de 2015
Apuntes sobre la fortificación de Ciudad Rodrigo (VIII)
El dinero fue llegando, pero no en las
cantidades necesarias, por lo que la penuria siguió marcando los
acontecimientos de 1809. Con el nombramiento interino y la llegada del general
Andrés Pérez de Herrasti a Ciudad Rodrigo[1],
al ponerse al frente de la plaza, retoma algunos de los asuntos pendientes
refrendados en su día por la Junta Superior
de Armamento y Defensa, caso de la demolición del convento de los trinitarios,
un padrastro para la defensa de la plaza y cuya destrucción había sido expuesta
en diferentes proyectos levantados a lo largo del siglo XVIII.
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