Vengo, como saben perfectamente, sumando capítulos a la evolución de la fortificación de Ciudad Rodrigo, especialmente las actuaciones en el sistema abaluartado. No cabe duda de que las defensas de la apócrifa Miróbriga son uno de los bastiones históricos de nuestra localidad, la que le ha dado fuerza y protagonismo a lo largo de su historia. Otra de las columnas que han configurado el devenir de Ciudad Rodrigo ha sido su mitra, contar con un obispado propio que ha mantenido hasta ahora. Conocemos la relación y sucesión de obispos, el episcopologio civitatense, a través de una reciente publicación que nos ofrece todo tipo de noticias sobre la gestación de la Diócesis y nos relaciona y glosa a cada uno de los prelados con que ha contado desde su instauración, allá por el siglo XII según apuntan las fuentes historiográficas. Hoy también quiero empezar una serie de entregas sobre otro periodo oscuro, sin duda apócrifo, legendario y fantasioso sobre la Iglesia en Ciudad Rodrigo que nos remontaría prácticamente al final de la época romana. Voy a evitar glosar el texto de referencia. Me limitaré a transcribirlo, pero advirtiendo que, en todo caso, y lo reafirmo, puede que tan solo se trate de un ejercicio fantasioso del autor, el fraile riojano Gregorio de Argáiz, pero que, sin duda, supone la aportación de una serie de datos que, también indubitablemente, ofrecen una visión de lo que se creyó como historia de la mitra civitatense. Estas noticias forman parte de la obra La soledad laureada por San Benito y sus hijos en las iglesias de España y Theatro monástico de la provincia lusitana, concretamente el tomo quinto de este llamativo trabajo dedicado a la iglesia de Ciudad Rodrigo.