La cultura, en
su amplia concepción, no ha dejado de ser un arma arrojadiza en el campo de la
política, en la cercana y en la que se antoja pretérita. Ha sido también fuente
de preocupación para representantes públicos que ven en ella una especie de
peligro por cuanto supone la formación del ‘populacho’, con todo lo que ello
apareja. El acervo cultural no deja de ser un estorbo para quienes,
apoltronados en sus cargos, prefieren contar con un pueblo básico en sus
nociones formativas y cognitivas, casi sumido en el analfabetismo histórico,
para eludir responsabilidades y evitar dar explicaciones a unos súbditos que
solo interesan cuando pueden tener el ejercicio del sufragio electoral. No
obstante, también ha habido dirigentes, cargos públicos, que han preferido
emplear tiempo y esfuerzo para dotar al pueblo de los instrumentos necesarios
que les permitiesen acceder a unos conocimientos suficientes para ejercer el
libre pensamiento y recurrir a la crítica como respuesta a los abusos que
parten del poder establecido. Y no cabe duda de que los libros -la lectura por
extensión- son la fuente necesaria para cultivar la formación, para acceder a
la libertad, porque, como explicaba Don Quijote, “la libertad, Sancho, es uno
de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos...”