Sabido es que el mirobrigense tiene el ombligo enraizado en
su tierra, que adora los valores decimonónicos que todavía le embargan y que,
si pudiera, estaría a la luna de Valencia el tiempo que fuera necesario. Esto,
que tampoco es que sea patrimonio del rodericense, tiene también su proyección
en el paisanaje, sobre todo si esos paisanos son personas con entidad social y
económica y que además tienen ciertos caprichos que la cándida juventud atesora
hasta que llega la cruda realidad.