Estos toros y esta plaza son para correr, para torear sin muleta;
si acaso, con un pañuelo o un saco,
que sirven para hacerse el
propio quite cuando fallan las piernas.
Pero no para dar naturales, como pretendéis vosotros.
¡Por amor de Dios, torerillos de mi alma,
dejad estas fiestas para los mozos de Ciudad Rodrigo!
Vuestro sitio no es esa Plaza Mayor cuajada de tablados y de historia.
Allí no aprenderéis más que a escaparos y desconfiaros.
O a morir...[1]
“Hablé con él
por la noche. Le invité a unos vasos de vino y charlamos de toros. Me contó que
le gustaba el toreo puro, conocía las suertes y venía desde muy lejos con la
ilusión de dar unos capotazos, de verse con un toro de carne y hueso a dos
palmos de su cuerpo. Volví a verlo en la plaza la tarde del lunes; era una más
entre las mil muletas que buscaban al toro, y vi cómo era izado por los cuernos
de un animal impresionante y cómo el quite de estas mil muletas llegaba
tarde...”