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lunes, 3 de noviembre de 2014

Muerte de un maletilla

Estos toros y esta plaza son para correr, para torear sin muleta;
si acaso, con un pañuelo o un saco,
que sirven para hacerse  el propio quite cuando fallan las piernas.
Pero no para dar naturales, como pretendéis vosotros.
¡Por amor de Dios, torerillos de mi alma,
dejad estas fiestas para los mozos de Ciudad Rodrigo!
Vuestro sitio no es esa Plaza Mayor cuajada de tablados y de historia.
Allí no aprenderéis más que a escaparos y desconfiaros.
O a morir...[1]



“Hablé con él por la noche. Le invité a unos vasos de vino y charlamos de toros. Me contó que le gustaba el toreo puro, conocía las suertes y venía desde muy lejos con la ilusión de dar unos capotazos, de verse con un toro de carne y hueso a dos palmos de su cuerpo. Volví a verlo en la plaza la tarde del lunes; era una más entre las mil muletas que buscaban al toro, y vi cómo era izado por los cuernos de un animal impresionante y cómo el quite de estas mil muletas llegaba tarde...”