Un hombre de tierra adentro suele
pasmarse al olisquear el mar. Intuye su cercanía y emergen sentimientos. Los
sentidos se preparan, todos, en un cambio diametral de la percepción del
paisaje. Del otoño castellano, tardío todavía en sus cromatismos y con sus
tierras sedientas, al verdegueado y al tempero del norte; de los caldos recios,
blancos y negros de la meseta, al ambarino de la sidra; del ajetreo diario, al
solaz compartido, sin más prisas que las marcadas por el instante.