Una polémica
sobre el festejo taurino en el inicio de la Cuaresma de 1926 –me refiero al Miércoles de
Ceniza, polémica de la que ya he escrito en varias entradas- convivió con otra situación que generó más controversia si cabe, tanto
en el seno de la corporación como entre los afectados, especialmente el gremio
de carpinteros. El concejo había decidido sustituir la tradicional subasta de
los tramos de tablados por un sorteo entre los vecinos interesados y que contasen
con la preceptiva cédula personal[1].