Aunque no era
nada nuevo, a finales de 1929 se intensificó la crisis política en España. Cada
vez era mayor la debilidad, tanto física –creciente diabetes- como
institucional, del general Primo de Rivera. En diciembre había presentado al
rey un plan de transición política que pasaba por la convocatoria de una
asamblea con 500 parlamentarios, mitad senadores y mitad diputados. Alfonso
XIII se tomó su tiempo para responder, por cuanto el presidente del gobierno
iba perdiendo apoyos sociales, políticos -revitalizando a una oposición que
durante años había sido meramente testimonial- y militares, de quienes no
encontró el apoyo deseado y recabado a los capitanes generales para afianzar su
nuevo proyecto gubernamental. Esa evidente falta de confianza le llevaría a
presentar su dimisión al el 28 de enero de 1930. Alfonso XIII la aceptó
inmediatamente, optando Miguel Primo de Rivera por el exilio en París –allí
falleció, en soledad, a los pocos meses víctima del proceso diabético- para
eludir responsabilidades. El rey alzó a la jefatura del Gobierno a Dámaso
Berenguer y Fuste, jefe de su casa militar, quien presidiría el penúltimo
gobierno de la monarquía alfonsina, periodo que pasó a la historia con el apelativo
de la Dictablanda.