No fue un día triste el de ayer -[el artículo, para ajustarlo temporalmente, fue escrito cuando retiraban los restos mortuorios]-. Ni mucho menos. El duelo estaba ya durando mucho, demasiado tiempo. Las heridas abiertas en su momento en la saudade mirobrigense estaban restañadas. Tal vez sirviera el velo verde lorquiano, la mortaja que le cubrió su tronco cercenado, para ayudar a apagar el llanto nostálgico que impregnó en sus sensibles paisanos cuando se olivaron sus nervios de acero, desafiantes hasta entonces queriendo sesgar el cielo, para dejar una imagen externa como una mano pluridáctila abierta al horizonte, un grito de dolor, de desgarro que parecía salir de sus terrosas raíces, el ombligo que le ataba a esta tierra.